Capítulo 2 — El mundo antes de ellos

 

 Capítulo 2 

 El mundo antes de ellos



Por primera vez, dejaron de sentirse. Por primera vez, hubo distancia.Y donde antes no existía el tiempo… apareció. Porque la separación lo exige.

El Sol que expandía fue contenido dentro de una forma limitada. La Luna que contenía… fue encerrada en una igual. Ambos fueron arrojados a un nuevo plano. Un plano denso. Pesado. Lento. Un plano donde todo requiere esfuerzo para existir. Ese lugar… era conocido  como Tierra. Y aquello que habían creado… No fue destruido. Fue sellado dentro de ese mismo mundo. Diluyéndose. Fragmentándose. Escondiéndose en cada forma de vida que surgiría después. Ese fruto fue llamado mar. 

Ellos se despertaron sin memoria. Con cuerpos. Con límites. Con la sensación constante de que algo falta… pero sin saber qué. Y por encima de ese nuevo mundo… suspendidas como recordatorio, como vigilancia… o como condena— sus verdaderas naturalezas permanecerán visibles. Separadas. Inalcanzables. Observando. El Sol. Y la Luna.

El primer sonido que Luna reconoció no fue su respiración. Fue el mar.

Abrió los ojos con lentitud, como si algo dentro de ella dudara de si valía la pena hacerlo. El cielo sobre su cabeza era demasiado amplio, demasiado claro… demasiado presente. No había paredes. No había límites. Solo una extensión que parecía observarla de vuelta.

Se incorporó con dificultad. Su cuerpo respondía, pero no le pertenecía del todo. Cada movimiento se sentía aprendido, no natural.

El viento rozó su piel, y un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Dónde…? —intentó decir, pero su voz salió áspera, como si nunca antes hubiera sido usada.

Entonces lo vio.

A lo lejos, cerca de la orilla, había alguien más.

Él estaba de pie, inmóvil, mirando el horizonte como si esperara algo. O como si ya lo hubiera perdido.

Luna no supo por qué, pero su pecho se tensó. No era miedo. Era reconocimiento… sin memoria. Caminó hacia él.

Cada paso sobre la arena le resultaba extraño, como si la Tierra aún no terminara de aceptarla. Pero aun así avanzó.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, él habló sin mirarla. —El mar no se queda quieto. — Su voz era firme, pero baja. Controlada. Como si midiera cada palabra antes de soltarla.

Luna frunció ligeramente el ceño, mirando las olas. —Nada aquí lo hace —respondió, casi en un susurro.

Él giró entonces. Sus ojos se encontraron. Y algo… algo cambió. No fue inmediato. No fue evidente. Pero ambos lo sintieron. Como si una parte de ellos, muy profunda, hubiera despertado antes que el resto.

Él la observó con atención, recorriendo su rostro como si intentara ubicarla en algún recuerdo que no lograba alcanzar. —¿Tú también… despertaste aquí? —preguntó.

—Sí. Luna asintió lentamente. 

Hubo un silencio breve. Incómodo, pero no hostil.

—¿Sabes dónde estamos? — Sol preguntó.

Ella negó. —No.

Él miró a su alrededor, evaluando el entorno como si eso pudiera darle respuestas. —Entonces no importa —dijo al final—. Lo averiguaremos.

Luna lo observó un momento más. Había algo en él… algo que no lograba descifrar. No era solo su presencia. Era la forma en que ocupaba el espacio. Como si perteneciera más a ese lugar que ella.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Luna. 

—No lo sé. —Él dudó. Por primera vez, su seguridad parecía quebrarse. 

Luna sintió un ligero nudo en el pecho. —Yo tampoco.

El viento volvió a soplar, esta vez más frío. A lo lejos, una silueta se movió entre las rocas. Ambos la notaron. No era humana. Era baja, ágil, y sus ojos reflejaban la luz de una forma extraña. Un felino. El animal se detuvo, observando los fijamente.

No parecía asustado. Parecía curioso. Luna dio un paso hacia él. — Es extraño —murmuró—. No siento que deba tenerle miedo.

El Sol la miró. —Deberías.

—¿Por qué? preguntó. Luna. 

Él sostuvo su mirada un segundo antes de responder. —No lo sé. Pero lo siento.

Luna volvió a mirar al animal. El felino no retrocedió. En cambio  inclinó ligeramente la cabeza como si la reconociera y un escalofrío distinto recorrió el cuerpo de Luna. No era frío. Era algo más antiguo.

—Creo que él sabe algo —susurró.

—Es un animal —respondió él con firmeza—. No sabe nada. Pero incluso mientras lo decía  no sonaba completamente convencido.

El mar rugió detrás de ellos. Ambos giraron. Una ola más grande de lo normal rompió contra la orilla, extendiéndose más de lo esperado, casi tocando sus pies. Luna retrocedió instintivamente.

—No me gusta —dijo Luna.

Él observó el agua con el ceño fruncido. —Solo es agua.

 — Ella negó suavemente. ——No,no es solo eso.

Él la miró de nuevo. Y por primera vez no tuvo una respuesta inmediata. El silencio cayó entre ellos, pero esta vez no era incómodo. Era denso. Como si el mundo estuviera esperando algo.

—Tenemos que movernos —dijo él finalmente—. Encontrar refugio.

Luna dudó. Miró el mar. Miró al felino. Luego lo miró a él. No lo conocía. No sabía quién era. No sabía quién era ella. Pero algo dentro de su pecho se inclinó hacia él. No como decisión. De una forma inevitablemente.

—Está bien —respondió.

Comenzaron a caminar juntos, dejando atrás la orilla. El felino los siguió a distancia.

Y detrás de ellos el mar continuó moviéndose. Observando. Esperando. Como si ya los conociera. Como si hubiera estado allí mucho antes que ellos. Y en algún lugar, muy por encima de ese cielo que ninguno de los dos comprendía todavía— la luz y la sombra continuaban separadas. Pero no en silencio. Nunca en silencio.

Ellos no llegaron a un mundo vacío, llegaron a un mundo que ya había fallado antes.

Comenzaron a caminar sin rumbo, sin historia, sin saber que ya habían sido juzgados. Y que ese mundo no era un comienzo, era una condena.

El bosque apareció horas después, como si hubiera estado esperándolos. No era un lugar amable. Los árboles eran demasiado altos, con troncos tan anchos que ni entre los dos habrían podido rodearlos. Sus raíces sobresalían de la tierra como huesos antiguos. Y parecían más altos que el cielo. 

—Esto no es normal —murmuró Luna, tocando la corteza.

El Sol observó hacia arriba. —Nada aquí lo es.

Un sonido los hizo detenerse. No era viento, no era un animal, era… Un paso. Pesado y lento. 

Algo enorme se movía entre los árboles. Luna sintió cómo su respiración se detenía.

—No estamos solos —susurró.

Y entonces lo vieron. Una figura como ellos… humana pero demasiado grande. Sus ojos estaban vacíos.  Un gigante.

El Sol reaccionó primero. —Corre.

Pero la criatura no atacó. Solo los miró como si los reconociera… o como si supiera algo que ellos no.

Esa noche no durmieron. El fuego era débil, pero suficiente para mantener a raya la oscuridad.

—Ese… no era como nosotros —dijo Luna. 

—No —respondió él—. Y no creo que seamos los primeros aquí.

Luna bajó la mirada. —Entonces… ¿qué somos?.

Él no respondió pero por primera vez, el silencio no era incómodo. Era compartido.


Comentarios

Publicar un comentario

¡Gracias por leer! Déjame tu comentario abajo, me encantará saber tu opinión.

Entradas populares